Salgo de casa a las 7'30 como cada día y, al doblar la esquina de mi calle, lo veo. Era un desecho de huesos y pelo acurrucado contra una farola, la gente pasaba por su lado sin verlo, él ni siquiera se movía.
Doy media vuelta y vuelvo a subir a casa, llamo a la oficina diciendo que estoy enferma, cojo un transportín y bajo de nuevo. Se lo pongo delante y me agacho a su lado, sigue sin moverse pero, cuando lo agarro para que entre, se revuelve y me muerde la mano derecha. Los gatos no se dejan vencer, se debaten hasta el final, dicen siempre mis veterinarios. Un señor mordisco, pero lo meto en el transportín y cierro la puerta.
Llamo al móvil de urgencias de la clínica, lo tenía Jorge y todavía estaba durmiendo. Me dice que tarda media hora en llegar a la clínica, más o menos lo que tardo yo también en llegar andando. Allá me voy, apretándome un pañuelo contra el mordisco para que deje de sangrar.
El gato estaba tan mal como me había parecido, desnutrición severa, la oreja gangrenada y una infección de las vías altas muy avanzada. Jorge me dice lo que ya me venía imaginando, que lo mejor que podemos hacer por él es dormirlo. Lo seda.
- "¿Alguna vez has visto una eutanasia?"
- "No."
- "Pues aún estás a tiempo de salir, si quieres."
- "Me quedo."
Y me quedé hasta que las costillas dejaron de moverse con el ritmo de la respiración. Jorge me desinfecta la mano y me dice que tendré que ponerme la antitetánica. Me comenta que el servicio de incineración no les cobra estos casos.
- "Pero Jorge, cóbrame la urgencia, que te he sacado de la cama."
- "¿Cómo te voy a cobrar a ti una urgencia? Anda, vete a casa."
Llegué hace un rato, desinfecté el transportín y encendí el ordenador. Me duele la mano, está hinchada. Aysel ha venido a echarse junto a la silla, Neko duerme en el sofá. Todo me parece un poco lejano.
Nunca había tenido que recoger a un gato de la calle para quitarle la vida. Qué mierda.
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